Hace 20 años Paulina Lebbos dejó este mundo. El próximo jueves se cerrará el círculo de esas dos décadas. Se conocen aproximadamente cómo fueron sus últimos pasos. No se sabe quién la mató. Se intuye. La Justicia de Tucumán le debe a la sociedad una sentencia, un veredicto. El tiempo suele ser un buen amigo de los hombres. Alivia dolores. Diluye las tensiones y endulza los recuerdos. Sin embargo, es enemigo de las instituciones. Engorda la burocracia, endurece los reflejos de las autoridades y en el caso del Poder Judicial lo convierte en injusto.

En esta semana que nunca más volverá LA GACETA revisó archivos, revolvió expedientes y tuvo una larga entrevista a través de LG Play con Alberto Lebbos. En esa grabación se verá en estos días y que en versión acotada se puede leer hoy. El papá de Paulina se ha convertido en un hombre clave en esta historia. Un hombre simple, admirador del teatro y de la música, que se fue convirtiendo en testigo principal de la degradación institucional de la Justicia tucumana, en primer término y de la complicidad de la política, en segundo lugar.

Ante sus ojos vio cómo las vallas se fueron levantando hasta convertirse en muros infranqueables entre los responsables de investigar y los que querían saber qué pasaba. El viernes después de una entrevista en LA GACETA, Lebbos caminó por la ciudad y no pudo evitar pasar por los tribunales de avenida Sarmiento. El destino lo conduce inexorablemente a esos lugares. Vio que había sacado las vallas que suelen ponerse en los ingresos. Sacó una foto y reflexionó: “Sacaron las inmundas vallas del Ministerio Público Fiscal. Espero que no sea para pintarlas y espero que abran las puertas de las fiscalías”. Tomó aire y agregó una frase: “la lucha sirve”.

Cada palabra de estas escuetas frases lo describen con claridad a Lebbos. Es un hombre que no descansa ni descansará en pos de que se esclarezca la muerte de su hija. Nunca pierde la esperanza y confía en la pelea minuto a minuto. Los obstáculos son un impulso más y, aunque le cueste encontrar razones, confía en la Justicia. Es optimista en medio de su desgracia.

La justicia es ese lugar maravilloso donde el hombre encuentra quicio. Donde el equilibrio transmite paz. Sin embargo en estos 20 años, paradójicamente, ha hecho de este padre un hombre atribulado que no puede detenerse ni un minuto en el recuerdo de su hija. En su memoria aparece la imagen de él cambiando pañales y una milésima después las caras de Alperovich, Albaca, Jiménez, Soto, Kaleñuk, Mercado, jueces, fiscales y políticos lo aturden. Así, queda claro que “la señora de los ojos vendados” ha fallado, ha equivocado su rumbo. Ante el pedido de paz ha desatado un infierno.

El grito

En su discurso Lebbos pide ayuda. No lo hace en forma directa. Su orgullo y su pasión actúan como esos medicamentos betabloqueantes que reducen la frecuencia cardíaca y la presión arterial. En su verborragia les pide a los legisladores que cumplan sus funciones. Que controlen a los otros poderes. Que pidan informes para que se vean los desaguisados de magistrados y de policías. Les pide a los fiscales que investiguen. Que terminen los encubrimientos del poder. Les reclama cosas tan simples como que cumplan con su deber, el que juraron cumplir. Cualquier parecido a la carta que escribió el defensor Agustín Eugenio Acuña es una simple casualidad. O, tal vez, no.

La oportunidad

Con la destreza propia de un sílfide sobre una cuerda floja, Lebbos evita señalar culpables. No lo sabe. Intuye, descifra detrás de tantos jeroglíficos puestos adrede. Por eso repite con claridad y da nombres de sospechosos. Desde hace 19 años y algunos meses cuando se dio cuenta de que no se tiraba del hilo para descubrir que pasaba con la muerte de Paulina sino para enredar la madeja, Lebbos habló de “los hijos del poder”. De esa entelequia se desprende todo el entramado que fue haciendo de este crimen un monumento a la exageración del poder, del encubrimiento, de las mentiras y, por lo tanto, de la injusticia. En los próximos días, cuando se inicien los juicios a César Soto y a Sergio Kaleñuk, una vez más, la Justicia tendrá una nueva oportunidad.

Cuando un policía en lugar de buscar pruebas, las borra; cuando un fiscal pone como querellante al principal sospechoso, cuando un gobernador sienta a la justicia en el living de su casa algo no anda bien. Son señales que los líderes no pueden obviar. Algo parecido ocurrió este jueves en la Cámara de Diputados de la Nación.

El silencio

El Congreso es el sitio donde se construyen los consensos para que una sociedad pueda desenvolverse en libertad y concordia. Para llegar esos destino hacen falta discusiones, argumentaciones, acuerdos y desacuerdos. Es el camino que dibuja el Parlamento. Sin embargo, en ese jueves tristemente célebre hubo una diputada que decidió apagar los micrófonos. Desenchufó los cables para que en el recinto de las palabras no se pudiera hablar. Menos aún escuchar. Es decir estaba anulando una misión que tácitamente el pueblo argentino dio. El síntoma de la enfermedad es que cuando la diputada Florencia Carignano (Unión por la Patria) tuvo la oportunidad de explicar su accionar o de pedir disculpas, redobló la apuesta. Dijo que lo volvería hacer.

De esta reacción de la santafesina cayeron como dominó otros sinceramientos que dejaron en claro que uno de los objetivos era que la sesión no se hiciera. Es decir que el Congreso no cumpliera con su función. En la trastienda estaba un tema trascendental como es la reforma de las reglas para que trabajen los argentinos. Pero, salvo algunas excepciones, nunca estuvo en el centro del debate el tema. Es indudable que ha cambiado todo en la vida del hombre en general, no sólo del argentino en particular. Es fundamental adecuar las leyes a los nuevos tiempos. Pero el objetivo siempre fue ganar una pulseada que más tenía que ver con las posiciones políticas en pos de una lucha por el poder que se volverá a ponerse en juego en dos años. Una vez más la dirigencia no estuvo a la altura de las circunstancias al no poder enfocar un tema y perderse en la disputa binaria.

Otras batallas

El peronismo con kirchnerismo incluido tuvo dos frentes de batalla muy bien definidos. Uno era el del Presidente de la Nación y su política libertaria y el otro el de su frente interno. Para la lucha principal esgrimió su preocupación por no perder el derecho de los trabajadores aunque en el Senado había quedado claro que la caja sindical tenía algunas prioridades. En la guerra interna la palabra traidor fue emblemática. Y los dardos principales fueron sobre la cabeza del gobernador tucumano. Tal vez otros gobernadores recibieron menos virulencia porque no cargan la mochila de la historia peronista. Los otros mandatarios que apostaron fuerte a la reforma laboral, especialmente los del Norte, no tienen la impronta peronista acuñada por el ex intendente de Trancas. Lo inesperado fue que Osvaldo Jaldo salió a la palestra desenvainando la espada contra la CGT y otros dirigentes de la arena sindical. Desde hace décadas no ocurría algo parecido. Después de jurar en el Congreso por Alperovich como egregio gobernante, ha participado en diferentes batallas: la del oflador contra Manzur, la del teléfono contra Manzur, Cristina y Alberto Fernández cuando le pedían que renuncie y deje la gobernación para irse a Buenos Aires, la de la peluca cuando rompió el bloque para ser el primero en negociar y ahora esta nueva. En general, ha obtenido resultados favorables porque ha salido fortalecido. Tal vez por eso vuelve a apostar a todo o nada en un terreno interno tan hostil.

Este posicionamiento muestra de alguna manera un quiebre definitivo con el senador Juan Manzur quien mantiene lazos con viejos líderes de la CGT que siempre le dieron respaldo. Habrá que ver cómo repercute eso en la vida política de los tucumanos. Mientras tanto, el gobernador tucumano juega una partida que necesita del combustible de la Nación. El tiempo será quien dicte el veredicto para saber si fue conveniente este juego para la Provincia. La carencia de líderes a nivel nacional hace que el peronismo siga siendo un barco a la deriva en un mar tormentoso. Por él navegan en sus botes salvavidas los gobernadores.

En Tucumán, mientras la dirigencia política vela armas para las batallas que ocurren cada cuatro años, pasan cosas que si se soslayan producen el desgaste y el descascaramiento de las instituciones. Los 20 años sin un veredicto claro para saber quién mató a Paulina es un claro ejemplo de que esas cosas que pasan, por más simples que sean, deben ser una preocupación diaria.